Domingo Salcedo, el cabrero que criaba mejores presas sin saber qué era un estándar

De todos los personajes que retrató Manuel Curtó Gracia en su libro, quizá ninguno dé una lección de cría tan grande como Domingo Salcedo, «El Cabrero». Y lo hace sin pretenderlo, porque Domingo ni sabía qué era un estándar racial ni le importaba lo más mínimo.
Un cabrero con retranca
Domingo Salcedo era cabrero, socarrón, inteligente y buena persona. Un día le llevó a Curtó una perra lobita en celo para que le pusiera su perro de presa Tenaro —«bardino tirando a negro, grande, fuerte, cabezudo, serio, de poco ladrar y de pocos amigos»—. Curtó se extrañó: ¿cruzar una lobita con un perro de presa? La respuesta de Domingo es un tratado de sentido común rural:
«Don Manuel, este cruce da muy buenos perros para las cabras y para acudir. Uno anda por ahí botado todo el santo día de acá para allá y es un riesgo. Con un perro bueno no hay quien le dé un susto a uno.»
Tenía razón. De aquella camada, y de apareamientos posteriores con perros del afijo Irema Curtó —como Rubia, hija de Kabul de Irema Curtó—, fue naciendo la propia línea de perros de presa de Domingo Salcedo. «Callando y sin llevarse por nadie», como escribió Curtó, el cabrero fue sacando sus perros, y con el tiempo sus machos cubrieron a más de cuatro perras ajenas. Buena parte de los perros de presa de aquella zona de Tenerife acabaron llevando su sangre.
La paradoja: mejores perros sin manual
Aquí viene lo que debería estar enmarcado en toda escuela de criadores. Domingo Salcedo no sabía qué cosa era un estándar. Y, sin embargo, sus perros salían más típicos que los de la mayoría de los señores que presumían de criadores modernos.
¿Sorprendente? Curtó lo explica sin misterio: Domingo era presero desde niño. Tenía olfato, intuición, criaba pensando en la utilidad real del perro, y no tenía remilgos a la hora de aparear esta perra con aquel macho. Su «estándar» era de andar por casa, pero certero: perro de mediana estatura, cabezudo, de pecho muy ancho, de mucho temperamento y, a poder ser, de manto bardino. Y una regla de oro que hoy firmaría cualquier veterinario: «Si por casualidad le sale un perro o una perra que renquea —síntoma evidente de displasia de cadera— pues no se utiliza para la cría, y listo.»
Ese instinto coincidía con lo que el estándar solo pone por escrito. El cabrero no necesitaba el papel porque llevaba el perro en la cabeza. (En un punto era incluso más severo que el estándar oficial, que admite un ligero prognatismo: Domingo prefería el perro «nunca boquino».)
«La perra la tengo más que vista ya»
La desconfianza de Domingo hacia los recién llegados tenía su gracia. Contaba que un día le pidió el perro a un miembro de la Comisión de Cría del club para cubrir una perra, y el otro, dándose importancia, le respondió que primero tenía que ver la perra, y bla, bla, bla. Domingo, con su retranca de hombre de vuelta de todo, le soltó:
«Mira, yo la perra la tengo más que vista ya.»
A alguno le parecerá una pedantería. Pero, como apunta Curtó, a ciertos hombres el «perrerillo nuevo» no le debe ir con ínfulas: el cabrero llevaba criando desde niño, mientras que el otro «nació a la afición canina de casualidad y no por necesidad», treinta años después.
La lección que sigue vigente
La historia de Domingo Salcedo no es una anécdota costumbrista: es la esencia de criar bien de verdad. Criar no es coleccionar campeones ni correr detrás de los shows; es tener criterio y honestidad: elegir por función, conocer a fondo a los reproductores —sobre todo a las hembras— y no cerrar los ojos ante un defecto.
El cabrero descartaba al perro que renqueaba a ojo. Hoy un criador serio hace lo mismo con radiografías de cadera y codo. La herramienta ha cambiado; el criterio es exactamente el mismo. Y ese criterio —no el marketing— es lo que separa un buen Presa Canario de uno cualquiera.
Domingo Salcedo, y otros como él, están retratados con nombre y anécdotas en el libro «El Perro de Presa Canario, su verdadero origen» de Manuel Curtó Gracia. Ahí lo tienes.
Preguntas frecuentes
Lo que más nos preguntan
- ¿Quién fue Domingo Salcedo «El Cabrero»?
- Un cabrero tradicional de Tenerife, hombre socarrón e inteligente, que criaba perros de presa por pura necesidad y afición, no por exposiciones. Manuel Curtó Gracia lo retrató en su libro como ejemplo del presero de toda la vida. Sus perros descienden en parte de ejemplares del afijo Irema Curtó (como Tenaro o Rubia, hija de Kabul de Irema Curtó), y él fue fijando con el tiempo su propia línea de perros de presa funcionales.
- ¿Se puede criar un buen Presa Canario sin saber qué es el estándar?
- Domingo Salcedo lo hacía. No sabía qué era un estándar racial y sus perros salían más típicos que los de muchos «criadores modernos». La clave, según Curtó, es que era presero desde niño: tenía olfato e intuición para aparear, criaba pensando en la utilidad real del perro y descartaba sin dudarlo cualquier ejemplar que renqueara (señal de displasia de cadera). El instinto del criador tradicional coincidía con lo que el estándar solo pone por escrito.
- ¿Qué buscaba un cabrero como Domingo Salcedo en un perro de presa?
- Un perro de mediana estatura, cabezudo, de pecho muy ancho, de mucho temperamento y, a ser posible, de manto bardino. Que sirviera para las cabras y para «acudir» —guardar y defender a la familia y sus pertenencias—. Nada de campeonatos: función real. Curtó da fe de que los perros de Domingo funcionaban con las cabras y guardaban de verdad.
- ¿Por qué desconfiaba Domingo de los «criadores modernos»?
- Porque llegaban a la afición de casualidad y de mayores, no por necesidad, y pretendían dar lecciones a quien llevaba criando toda la vida. Es célebre su respuesta a un miembro de la Comisión de Cría del club que quería «ver primero la perra» antes de prestarle su macho: «Mira, yo la perra la tengo más que vista ya». Retranca de hombre que sabe lo que hace.
- ¿Qué lección de cría deja la historia de Domingo Salcedo?
- Que criar bien no es coleccionar títulos, sino tener criterio y honestidad: elegir por función, conocer a fondo a los reproductores y no cerrar los ojos ante un defecto. El cabrero descartaba a los perros que renqueaban; hoy un criador serio hace lo mismo con radiografías de cadera y codo. La herramienta cambia; el criterio es el mismo.
Del libro
Esto es solo una parte de la historia
Muchos de nuestros artículos nacen de «El Perro de Presa Canario, su verdadero origen», el libro de Manuel Curtó Gracia: 450 páginas de historia, documentos y polémica sobre la raza.
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