
Hay personajes que valen por toda una época. Uno de ellos fue don Pancho de la Paz Hernández, «El Rey», y Manuel Curtó Gracia lo retrató en su libro con un cariño que se nota en cada línea. A través de él se entiende cómo se vivían los perros de presa en la Canarias de antes.
El hombre del banquito
Corría 1982. Don Pancho tenía 87 años —había nacido en 1895—, era de mediana estatura, cara sonrosada y ojos oscuros muy vivaces, siempre con su sombrero de fieltro y su manta esperancera. Cuando Curtó llegó a conocerlo, el hombre estaba sentado en un banquito de madera a la puerta de su casa, entre los árboles. «Esta es su casa, para lo que usted necesite», le dijo.
Ya no veía bien de lejos, pero se le iluminaba la cara al hablar de sus perros: Teide, un perro blanco «de la tierra de verdad»; el León, achocolatado; el Santiago, coloradito. «Ya hoy no quedan perros de esos», suspiraba. «El tiempo pasa y todo se va perdiendo.»
Poco después, por una de esas casualidades de la vida, Curtó compró una finca en el Camino Guillén, justo enfrente de la de Pancho el Rey —el mismo lugar donde Irema Curtó sigue hoy—. Y de vez en cuando iba a tomar café con él y a escucharle hablar de perros.
El muñeco de sacos
Lo mejor son sus métodos. Don Pancho adiestraba perros de presa a la antigua usanza, y una tarde se lo enseñó a Curtó en el establo de las vacas. Con sacos de arpillera había hecho un muñeco del tamaño de un hombre —cabeza, brazos, piernas, y hasta un sombrero—, relleno de paja. En las piernas le metía carne de cochino.
Colgaba el muñeco de una viga y, golpeándolo con un palo, le gritaba al perro: «¡pega perro, pega perro!». Así, hasta que el animal se subía de un brinco al banco y atacaba al hombre de saco «como una fiera», hasta despedazarlo y comerse la carne. Después, bastaba decir «¡pega perro!» para que el perro mordiera lo que fuera. Era, a su manera rústica, adiestramiento de defensa puro.
La sabiduría del perrero
Pero lo que de verdad queda de don Pancho son sus ideas sobre el perro, que podrían firmarse hoy mismo:
«Un perro bien enseñado no toma la iniciativa, ésta la toma su amo.»
Presumía de llevar siempre a sus perros sueltos, y de que si se cruzaban con otro perro, el suyo no iba a buscar pelea ni a olfatear: se apartaba. «Esos perros que van por ahí al encuentro de todo el mundo no sirven para nada», decía, «y por su comportamiento se ve que sus dueños no saben tener un perro». Y remataba con una frase que deberían enmarcar muchos: al que no sabe tener un perro, que no tenga perro, y menos de presa.
Para él, un perro de presa no era un juego: era algo serio, que había que tener bien adiestrado. «El perro sin enseñar no sirve para nada; en cambio, si está enseñado, sirve para todo.»
Lo que se pierde
La historia de don Pancho tiene un final melancólico. Su hijo Enrique «no tiene gusto para enseñarlos»; su nieto Ricardo tiene afición, pero también hipoteca, prisa y un empleo que «no da para nada». La vida cambió, y con ella se fue perdiendo aquella forma pausada de entender al perro.
Justo por eso importa conservarla. Esa mirada —la del perro bien criado y bien enseñado, la del dueño que sabe—, transmitida de viejos como Pancho el Rey, es la que hay detrás de un buen Presa Canario. Y está recogida, con nombres y anécdotas, en el libro «El Perro de Presa Canario, su verdadero origen»: ahí lo tienes.
Preguntas frecuentes
Lo que más nos preguntan
- ¿Quién fue Pancho «El Rey»?
- Don Pancho de la Paz Hernández, apodado «El Rey», nació en 1895 y fue uno de los viejos perreros de Tenerife. Adiestraba perros de presa a la antigua usanza, a veces por afición y sin cobrar. Manuel Curtó Gracia lo conoció ya anciano y acabó viviendo justo enfrente de su casa, en el Camino Guillén.
- ¿Cómo se adiestraba a un perro de presa a la antigua usanza?
- Pancho «El Rey» hacía un muñeco del tamaño de un hombre con sacos de arpillera, con cabeza, brazos, piernas y hasta sombrero, y lo rellenaba de paja. En las piernas le metía carne de cochino. Colgaba el muñeco de una viga y, dándole con un palo, le decía al perro «¡pega perro!» hasta que el animal aprendía a atacarlo y morderlo — y como premio se comía la carne.
- ¿Qué es un perro «basto»?
- Así llamaban en Canarias a los perros grandes y rústicos, mestizos o no, que servían para las necesidades del campo: guardar, defender y manejar el ganado basto (vacuno). No eran perros de exposición ni de estándar, pero eran perros útiles y de fiar. Muchos de los perros de la tierra entraban en esa categoría.
- ¿Cuál era la filosofía de Pancho sobre los perros?
- Que un perro de presa no es un juego, sino algo serio que hay que tener bien enseñado. Su frase clave: «un perro bien enseñado no toma la iniciativa, ésta la toma su amo». Y era tajante: al que no sabe tener un perro, le decía que no tuviera perro, y menos de presa.
- ¿Por qué se está perdiendo esa forma de entender los perros?
- Porque la vida cambió. Los hijos y nietos de aquellos perreros, como cuenta Curtó, tienen otros trabajos, hipotecas y prisas, y ya no aprenden el oficio con la calma de antes. Muchos quieren un buen perro de presa, pero pocos tienen el tiempo y la afición que exige. Esa sabiduría transmitida de viva voz es justo lo que un criadero serio intenta conservar.
Del libro
Esto es solo una parte de la historia
Muchos de nuestros artículos nacen de «El Perro de Presa Canario, su verdadero origen», el libro de Manuel Curtó Gracia: 450 páginas de historia, documentos y polémica sobre la raza.
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